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, noticia de Edición Impresa
¿QUIÉN lo diría? Todo el mundo sabía que España era un país muy
ruidoso menos, al parecer, los que tenían que saberlo. Sufrimientos
inconmensurables de tantas personas, llamadas, avisos, reclamaciones, denuncias,
artículos en la prensa, comentarios en tertulias, y nada oían, sin embargo, las
autoridades responsables del ruido: aquéllas a quienes el Estado encomienda
defender el sosiego ciudadano y les da los medios para ello. Rectifico, no
todas, pues sí hubo esforzados que algo hicieron y consiguieron; sí se
elaboraron ordenanzas, sí se declararon zonas saturadas, pero esto fue
excepcional y, sobre todo, salvo casos muy contados, no se impidió que el ruido
urbano, por tomar una muestra de entre las varias posibles, ese ruido evitable e
inútil de nuestras ciudades y pueblos, campara a sus anchas, a cualquier hora
del día o de la noche, causando enormes sacrificios y molestias. La democracia
no es como el rayo, un fenómeno súbito, sino que sólo se adquiere tras muchos
empeños con esfuerzos enormes y con tiempo. Y han abundado los regidores
municipales con escasa sensibilidad democrática que, incumpliendo la ley,
sacrificaban a los pacíficos vecinos en su cotidiano acaecer, prefiriendo los
fulgores y el oropel del esplendor económico de una muy consistente industria
del ocio, amparándose en la resbaladiza apariencia de no presentarse como
represores, de que no los tildaran de poco modernos, acaso simplemente por no
complicarse la vida, o acudiendo a planteamientos peregrinos, del orden de, «si
nos ponemos duros con los locales de aquí, se irán a los del pueblo de al lado».
Hay que añadir que junto al clamor de los ciudadanos afectados, desde
hace unos veinte años iban siendo insistentes las voces de los juristas
manifestándose en la literatura especializada y ofreciendo argumentos de Derecho
contra los desmanes del ruido. ¡Pero nadie hay más sordo que el que no quiere
oír! Apenas reacción, al menos a simple vista.
De pronto, el panorama ha
cambiado radicalmente: no es que la contaminación acústica haya desaparecido
pero, al menos, ahora el ruido se oye: el ruido hace ruido. Se sabe lo que pasa,
y todo el mundo habla de ello preocupado. Es patético en la España actual que,
con demasiada frecuencia, no funcionen los resortes normales, los límites y
contenciones naturales, la prudencia en el ejercicio de la autoridad, y para que
las cosas marchen bien haya que llegar hasta el límite de tener que pedir
justicia a los tribunales. Es, incluso, un síntoma de fracaso de nuestra
sociedad el que, en ocasiones, no quede más remedio que llegar hasta la vía
penal. Pero no hay mal que cien años dure: el tesón y la constancia de unos
cuantos esforzados han propiciado que las cosas comiencen a cambiar.