 |
|
 |
| |
 |
Marina, Raquel y sus
familias se despiden de los aviones que no les
han dejado dormir durante dos años y medio |
 | |
|
Nuria Platón
Madrid- Ni se imaginan lo que va a
ser para ellos poder dormir toda la noche del
tirón, pero sonríen al pensar que va a suceder
en pocos días. Los vecinos del barrio de Las
Castellanas de San Fernando de Henares se
despiden esta semana de dos años y medio del
ruido infernal y constante de los aviones que
aterrizan y despegan en la Terminal 4 del
Aeropuerto de
Barajas.
«Tengo una
discoteca en casa, al avión de las seis de la
mañana casi les sirvo el café a los pilotos»,
bromea sobre su triste realidad Marina, que
lleva once años viviendo en el quinto piso de
uno de los bloques que ahora se trasladan. Las
ventanas de su casa vibran cada vez que pasa una
de las aeronaves, el sonido es tan alto que,
durante la entrevista, tiene que parar de
hablar, porque no se le oye
nada.
Como se muda mañana,
Marina no paraba quieta ayer subiendo cajas
hasta su piso para dejar atrás esa vida y
comenzar una nueva en otro lugar de San Fernando
de Henares, lejos del atronador estruendo de los
motores que surcan el cielo sobre su cabeza. «Me
gusta mucho mi nueva casa, es una buena zona,
aunque las habitaciones son más pequeñas que las
de aquí pero ganamos el trastero y el garaje
-comenta Raquel, vecina de Las Castellanas desde
hace cinco años que se muda hoy- pero, sobre
todo, ganamos calidad de
vida».
Marina y Raquel son
dos de los 250 vecinos del barrio que ayer
empaquetaban sus enseres para trasladarese a sus
nuevas casas, sufragadas por Aena en
compensación por la contaminación acústica
provocada por la ampliación del aeropuerto
Madrid-Barajas. Ésta es la primera vez que un
barrio entero, formado por unas 70 familias, es
reubicado debido al ruido de los aviones, que
alcanzan en esta zona una media de entre 75 y 85
decibelios, cuando la exposición a más de 65
decibelios es considerada perjudicial para la
salud.
De forma escalonada,
los vecinos tendrán hasta el viernes para dejar
vacíos sus pisos, aunque un cambio de última
hora en la empresa de mudanzas quizás complique
el traslado. «Hoy tenían que haberse mudado 16
pisos y sólo lo han hecho 8», aseguraba Raquel,
que también estaba preocupada porque todavía no
tenía gas en su nuevo hogar. «Estamos ya
estresados, y eso que nos vamos el viernes, no
encuentro tiempo para hacer cajas «, comenta ba
Rosa, que lleva 14 años de vecina de los
aviones.
Con una niña de
nueve meses que todos los días a las seis de la
mañana llora por el ruido del primer vuelo, Rosa
explica que la pequeña se toca los oídos y ella
ya no soporta ningún sonido fuerte. «Me molesta
la tele, la radio y, encima, estamos todo el día
hablando a gritos para poder escucharnos,
parecemos verduleras», cuenta con una sonrisa en
la boca al saber que todo esto será cosa del
pasado en pocos días. «Aún no me lo acabo de
creer», sonríe.
A medida
que los pisos se quedaban vacíos, un grupo de
vigilantes de seguridad se ocupaba de clausurar
las viviendas tapiando puertas y ventanas bajo
la atenta mirada de varios agentes de la Policía
Nacional y Municipal de San Fernando de Henares.
«No quieren que entre nadie en las casas
vacías», comenta Marina, puesto que junto a
estos edificios hay un núcleo chabolista ocupado
por familias gitanas. «Esto está dejado de la
mano de Dios, ni una pizza nos traían», añade a
modo de despedida.