Fueron 251
noches de insomnio, no ya por el ruido, sino por la inquietud. El
perro de los vecinos ladraba, y mucho. Si ladraba por agresividad,
porque había oído ruidos sospechosos o porque quería que le soltaran
de la valla donde permanecía atado horas y horas no ha sido objeto
de discusión. Pero que ladre y moleste, da para llevar a sus dueños
a juicio y ganar el pleito.
La Audiencia de Barcelona, en una
sentencia a la que ha tenido acceso EL MUNDO, ha condenado a una
familia de Vilanova del Vallès a indemnizar con 5.271 euros a sus
vecinos, insomnes y crispados de tanto ruido. Es el precio que ha
fijado la Justicia para compensar los daños morales de los
demandantes durante 251 noches, tratamiento farmacológico incluido,
para poder dormir.
La sentencia, dictada por la sección 16ª de la Audiencia de
Barcelona, revoca otra dictada en primera instancia por el Juzgado
número 1 de Granollers, que desestimó la demanda presentada por el
abogado de los perjudicados, Lluís Gallardo, especialista en
contaminación acústica.
Según la sentencia, las molestias se produjeron entre el mes de
octubre de 2004 y mayo de 2005. El Ayuntamiento de Vilanova del
Vallès había incoado ya un expediente sancionador contra el
demandado por las molestias que los ladridos de sus perros y sus
condiciones higiénico-sanitarias causaban a los vecinos, por unos
hechos producidos en 2001.
Lo cierto es que entonces no residían en el vecindario los
perjudicados. Al mes de instalarse, J.P.I. y M.J.T. ya no aguantaban
más la situación. Llegaron a la casa en septiembre de 2004, y sus
quejas al Ayuntamiento ya eran permanentes a partir del 1 de
diciembre de aquel mismo año. Entre el 3 de diciembre y el 19 de
enero de 2005, efectuaron múltiples llamadas a la Policía Municipal,
«todas ellas a diversas horas de la madrugada», según la sentencia.
Los efectivos policiales se desplazaron al lugar para comprobar la
realidad de los ladridos, y personal de la comisaría realizó
«vigilancias estáticas» en los días 13, 20, 28, 29, 30 y 31 de
diciembre, pero también en los días 6, 9,15,16, 17 y 19 de enero. La
Audiencia apunta, además, que estas vigilancias «se efectuaron de
forma cuidadosa a fin de evitar que la propia presencia policial
pudiera alertar a los perros y ser por tanto la causa de los
ladridos, pues se llevaron a efecto dentro del vehículo de la
patrulla, con el motor apagado y a una cierta distancia de la
finca».
Durante la noche, el nivel de ruido ambiental que con las
ventanas abiertas se percibía desde uno de los dormitorios de la
finca afectada alcanzaba los 61,9 decibelios a causa de los
ladridos, lo que supone, según la sentencia, «superar en 11,9
decibelios el nivel máximo permitido si se considera la zona como de
sensibilidad acústica alta, o en 6,9 decibelios si se considera como
de sensibilidad moderada».
Ese incremento de ruido, según la Audiencia, «no tenían por qué
tolerarlo» los vecinos, por lo que deben ser resarcidos. Y los
perros, mantenidos lejos.