MARIO DÍAZ
MADRID. A sus
21 meses, Ana no entiende ni de rutas aéreas ni de declaraciones de
impacto ambiental, pero cada vez que escucha acercarse un avión a su
casa rompe a llorar de tal modo, con tanta rabia y esfuerzo, que le
revientan los capilares de la cara, el cuello, los pies y las manos,
inundándose su pequeño cuerpo de granitos ensangrentados. Su
dolencia se llama petequias, y la pueden desarrollar quienes sufren
meningitis, leucemia... o estrés agudo, como parece que sufre Ana,
pese a no haber cumplido los dos años.
La situación se repite
día a día, hora tras hora, casi minuto a minuto... y es que los
vecinos de la urbanización de San Sebastián de los Reyes donde vive
Ana, Club de Campo, denuncian que desde el pasado 5 de febrero,
cuando se puso en marcha la nueva terminal, sobrevuela un avión por
encima de sus cabezas «prácticamente cada dos minutos, con un
impacto acústico creciente cada 20 segundos, provocando un ruido
insoportable y que tiemblen los cristales las 24 horas del día»,
asegura Ignacio Gómez, el padre de Ana. Desde Aeropuertos Españoles
y Navegación Aérea (Aena), no se quiso valorar esta
situación.
Otras familias que viven en otras urbanizaciones,
tanto de San Sebastián de los Reyes como de Algete cercanas a la A-1
(Santo Domingo, Fuente del Fresno, Ciudad del Campo...), unas 20.000
personas, llevan años de movilizaciones, protestas y denuncias.
Ignacio, el padre de Ana, está con ellos, aunque desde el día 5,
cuando arreciaron los vuelos, sólo piensa en su bebé.
«La
hemos puesto en tratamiento con un psicólogo infantil a causa de los
aviones, se pone a llorar, nerviosísima, y el pasado fin de semana
la situación fue tan insostenible que la tuvimos que llevar dos
veces a Urgencias. Estamos desesperados, a punto de la depresión, es
una total impotencia cuando empieza el ruido y la niña se pone fatal
y tú no puedes hacer nada», asegura, mostrando los partes del
Hospital Infantil San Rafael.
Ignacio explica que en julio el
ruido de los aviones «también fue brutal pero, tras movilizarnos, se
logró parar». Ese mes su hija lo pasó tan mal que se tuvieron que
mudar a casa de sus padres, en Madrid, lo mismo que ahora les
recomienda el psicólogo por la salud de la niña. «Si es que aún
tenemos 25 años de hipoteca, y quién va a comprar esta casa ahora»,
se lamenta el cabeza de familia.
Como el resto de vecinos,
Ignacio no entiende que los aviones tengan que pasar justo al lado
de sus casas cuando tienen todo el pasillo aéreo para ello, y apunta
como causa una posible recalificación de terrenos para hacer más
viviendas.