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La vida sigue igual El restaurante sobre el que ha caído la condena por
ruido mantiene el ritmo de trabajo
| Los vecinos tuvieron que pagar hace unos
años una elevada multa en otro conflicto con este negocio
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FRANCESC
PEIRÓN - 24/03/2006 BARCELONA
El bar
criminalmente más ruidoso del mundo, según un tribunal de la
Audiencia de Barcelona, amaneció ayer como cualquier otro día. Nadie
diría, a la vista del trajín de croissants y bocadillos a la hora
del desayuno, de cafés y cortados, que hacía muy poco había
trascendido la más dura condena -cuatro años, cuatro, de prisión-
jamás dictada contra el responsable de un establecimiento de
hostelería por hacer caso omiso de los requerimientos para atenuar
el bullicio y las molestias a los vecinos. La justicia se ha
pronunciado, sí, pero, como dice el estribillo de la canción, la
vida sigue igual.
Al menos en El Portet.
El
Portet, cocina mediterránea, ocupa un chaflán de las calles Sicília
y Pare Claret. Su fachada es una amplia cristalera, cuya visión se
ve perturbada por diversos anuncios. Hay ofertas de café y pasta, de
bocadillos. Está la lista en la que se ofrecen "nuevos platos", el
menú del mediodía o la pizarra con el menú marinero, a 17,50 euros,
en el que figura un entreccotte a la plancha entre
langostinos, doradas o calamares. A primera vista sorprende
encontrar al rumiante ahí en medio, parece desubicado, pero, ¿acaso
algún estudio científico ha certificado que a los marineros sólo les
van las espinas?
En el interior del local predomina el suave
murmullo de la cucharas que tamborilean en las tazas y la música
monocorde de las conversaciones. Sin estridencias. El diseño es
convencional, de bar del pelotón, sin alardes, sin neones o
psicodelias, con mesas de color granate que suponen una evolución de
la antigua fórmica de los setenta, cuando este material daba
prestancia a lo utilitario. Hay una buena clientela: estudiantes,
dependientas u oficinistas. Los hay que ponen cara de marcianos
cuando se les pregunta por la sentencia contra Dionisio Mestre, el
administrador, que no se deja ver por el lugar.
A media
mañana se ha producido un cambio sustancial. El circo mediático de
las cámaras ha montado su carpa frente a la cristalera-puerta. El
camarero que está al frente de la barra niega tantas veces como se
le pregunta. Él no va a soltar prenda, ni deja que los objetivos
entren en El Portet, un establecimiento que levanta quejas por
ruidoso o maloliente, aunque en la planta baja aplica a rajatabla la
prohibición de fumar. El piso superior -el gran foco de conflicto,
cuentan los perjudicados-, es el destinado a las bodas, bautizos o
comuniones, y ahí el humo no está vedado, ni, como sostienen los
vecinos, los humores desbordados y decibélicos.
"Los días de
fútbol son insoportables", asegura una mujer. Las cámaras se
desplazan, en busca de protagonistas, del 394 de Sicilia al 80 de
Pare Claret, los dos edificios que abrazan el bar sentenciado y que
son los que llevan en conflicto muchos años. Porque la historia
judicial ni empieza ni acaba -habrá recurso al Supremo- con este
fallo.
No. Hace unos años, cuando el explotador del negocio
era otra persona, un primer litigio -debido a la instalación de una
chimenea por el interior del edificio- supuso la condena de los
vecinos, quienes habían iniciado el proceso al denunciar las obras.
Cada uno de los 25 pisos tuvo que pagar una sanción de unas 500.000
pesetas de entonces por los perjuicios causados al establecimiento
-el lucro cesante- con su denuncia. Lo recordaba ante las cámaras el
señor Osvaldo, que era presidente de la escalera en aquellos días.
Él ahora no participa en este nuevo percance judicial. "El olor sí
que nos molesta, pero no los ruidos. Ahí los afectados son los de
los pisos de abajo". El señor Osvaldo, pese a todo, considera que
cuatro años de prisión por este asunto es demasiado. "Que le
tripliquen la multa, que cierren el local, que lo inhabiliten, pero
tanta cárcel es excesivo", subraya. Su opinión la compartieron otros
residentes, aunque también los hubo que se mostraron de acuerdo con
la mano dura. "Que aprendan -replicó una señora-, hay personas que
han tenido que someterse a tratamiento psiquiátrico".
Pasadas las dos y media de la tarde, casi una veintena de
mesas compartían el menú de ocho euros. Música de fondo. Es la hora
de los telediarios, pero en la tele está conectado el canal Viajar,
en un recorrido por el Este de Europa. Julián J.M., absuelto en la
sentencia calificada de ejemplar, atiende la caja registradora. Le
dice a un comensal que no se crea ni la mitad de lo que cuentan. ¿Y
ahora qué?, le pregunta éste. "Seguiremos".
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