À. GUBERN
BARCELONA. De alguna manera, la plaza George Orwell -al final de
Escudellers- resume buena parte de los vicios y virtudes de la Barcelona actual.
Por un lado, la tan cacareada filosofía de la «dignificación del espacio
público» se aprecia en este rincón del Gótico en forma de urbanismo y acabados
de calidad -escultura de arte contemporáneo incluido-, ejemplo tipo de otras
intervenciones en Ciutat Vella. Por otro lado, George Orwell -sin dejar de
sufrir problemas de corte «clásico»- ha empezado a padecer en los últimos años
las consecuencias de eso que se ha llamado la «Barcelona del éxito» y de la
sobre explotación turística, que tanto atrae a cultos y pudientes turistas
interesados en el modernismo como a visitantes que, en el límite de la
indigencia, se instalan en la ciudad, sobre todo con la llegada del buen tiempo.
Los llamados «pies negros» -sobre todo italianos y alemanes- han escogido desde
finales de los noventa George Orwell como su lugar favorito. Fue sobre esos años
cuando la degradación de la plaza y su entorno y las protestas de vecinos y
comerciantes la convirtieron en símbolo de un estado de cosas que años después
conduciría al debate del incivismo y a la posterior aprobación de la ordenanza
municipal. Fue en 2001, por ejemplo, cuando se instaló el dispositivo de
videovigilancia, y cinco años más tarde se convertiría en foco de atención
prioritario de los servicios municipales en su plan especial de lucha contra la
degradación del espacio público. Para desgracia de los vecinos, a los problemas
que motivaron esas campañas y que no se han eliminado por completo se han
añadido otros nuevos.
«Se nota que hay más presión policial, y que la calle está más
limpia, pero a cambio sufrimos otros problemas, sobre todo de ruido». Quien se
expresa así es Marta, que se implicó a fondo en las campañas de 2001 y que unos
años después ve como la plaza en la que vive desde hace quince años sigue siendo
un lugar hostil a los vecinos. «Hay más atención, pero la mejora de las
condiciones en la calle -la peligrosidad de Escudellers, con puntas ocasionales,
se ha reducido, por ejemplo- ha provocado por contra un florecimiento de bares y
discotecas con sus correspondientes terrazas, y esto genera niveles de ruido
insoportables», explica Marta, acostumbrada ya a dormir por sistema con tapones
en las orejas.
Camiones de riego
En apenas cinco años, de los quince comercios que había en la plaza
apenas sobreviven dos. El resto se ha transformado en locales de ocio de
vocación «alternativa»: «Da la impresión de que la limpieza y la vigilancia sólo
son para contentar a empresarios y comerciantes, porque los vecinos continuamos
quemados. Esto se ha convertido en el patio de recreo de la Europa
alternativa».
De manera paradójica, el riego sistemático de plaza y su entorno
-instaurado desde el pasado verano- y que junto a un lavabo móvil ha acabado con
el desagradable olor a orines que todo lo impregnaba es el que ahora no deja
dormir a los vecinos. Marta resume una jornada tipo: «A primera hora de la noche
ruido por los camiones del riego a presión; a las tres y a las cinco, ruido por
el cierre de terrazas y de bares, y luego a primera hora de la mañana, otra vez
ruido de camión con el segundo riego. A todo ello hay que sumar el ruido de
quienes viven instalados en la plaza y los gritos de la gente que va de marcha.
Es desesperante».
Marta ha cambiado la rabia y el activismo de hace unos años por una
frustrante apatía ante la falta de respuesta municipal y la poca implicación de
sus convecinos. A diferencia del Raval y del Casc Antic -donde las campañas con
pancartas en los balcones han obligado al Ayuntamiento a reaccionar en más de
una ocasión- esta zona del Gótico se caracteriza por un movimiento vecinal poco
estructurado, el mismo que hace un tiempo llevó a Marta a colgar de su balcón un
significativo «Ciudadanía en construcción».