LOS expertos coinciden en que vivimos
en una sociedad cada vez más ruidosa. A nuestro alrededor hay un
nivel de sonidos no deseados (al fin y al cabo eso es el ruido) que
no para de aumentar, alcanzando niveles medios -aparte de los picos-
en su intensidad que los expertos consideran dañinos para la salud.
Una estimación española habla de 12 millones de viviendas afectadas
por un nivel de ruido externo por encima de lo recomendable, de
manera que el problema tiene una incidencia casi generalizada. En
Europa la contaminación acústica se ha duplicado en los últimos diez
años, asociada a las actividades humanas.
Pero el ruido es
una sensación personal y no siempre resulta sencillo establecer
baremos adecuados para poblaciones amplias. Habitualmente se tiene
en cuenta la intensidad de sonidos que se reciben en un punto dado,
medida en decibelios. Como otras magnitudes psicofísicas, la
intensidad de un sonido se estableció a finales del XIX por parte de
los psicólogos que analizaban qué incrementos de señal producían un
cambio apreciable en la percepción. Las escalas de estas magnitudes
son logarítmicas, es decir, si una señal sonora duplica su potencia,
lo percibiremos un sonido como cuatro veces más 'alto'. El físico
norteamericano Alexander Graham Bell (a quien se atribuyó durante
más de un siglo, erróneamente, la invención del teléfono),
estableció la unidad de sensación sonora en términos de esa
propiedad, siendo el decibelio (dB) así la escala con la que se
evalúa la misma. Un belio corresponde al incremento de potencia en
un factor 10.
Una casa tranquila sin fuentes de sonido
funcionando, una biblioteca o un jardín tienen un nivel de ruido que
se establece como el de referencia, equivalente a 40 dB. Es el nivel
basal, que cada vez es más difícil de tener. En esas condiciones,
una conversación entre dos personas, o música de fondo, suben el
nivel a 60 dB (20 veces más de potencia en los sonidos que
recibimos, por lo tanto).
Situaciones cotidianas
El ruido de una
calle céntrica con tráfico, o un grito de una persona a un metro de
distancia, corresponden a 90 dB. Se estima que mantener este nivel
durante una jornada de trabajo tiene efectos dañinos para la
persona. En una discoteca o un concierto, se alcanzan fácilmente los
130 dB (512 veces más 'alto' que la biblioteca de la que partimos) y
pueden producir daños con media hora de exposición. Por encima de
los 130 dB cualquier sonido (un helicóptero, una explosión) puede
producir daños casi directamente.
Sin embargo, no es preciso
romper los tímpanos para que los efectos sobre la salud sean
perceptibles. Hay consenso científico en los efectos dañinos del
ruido, incluso a niveles relativamente bajos, sobre todo cuando se
presentan de manera continuada, como puede suceder en el lugar de
trabajo o en el hogar. Un estudio de la Agencia Federal Alemana de
Medio Ambiente mostraba que hay una incidencia de un 20% más de
ataques cardiacos en personas sometidas habitualmente a niveles de
65 dB. Es decir, no estamos hablando de molestias en la audición,
sino en el estado de salud general. Se comprueban trastornos
relacionados con la alteración del sueño incluso a esos niveles,
además de alteraciones del pulso y de la tensión. En estudios
presentados por la Organización Mundial de la Salud se ha mostrado
que niños educados en ambientes ruidosos tienen un aprendizaje más
lento y menos eficiente.
Cuidado con los oídos
Por supuesto, los
daños del propio sistema auditivo son los primeros que se
estudiaron, en relación tanto con los picos de ruido como con el
nivel habitual del mismo. La incidencia de trastornos auditivos, la
prevalencia de los mismos, se ha incrementado en los últimos años.
Los ruidos fuertes son capaces de afectar a las células del oído
interno (el llamado órgano de Corti) y afectar también al nervio
acústico. Esta pérdida sensorineural puede ser momentánea o llegar a
convertirse en permanente, y ocurrir en uno o ambos oídos.
Se ha comprobado que la exposición prolongada a ruidos
cambia la propia estructura del órgano de Corti, y afectando a la
audición: esta sordera se produce en etapas y afecta más a algunas
frecuencias sonoras que a otras, dependiendo de las zonas de este
órgano que convierte la presión acústica en sensaciones que quedan
dañadas. A menudo, estos problemas se ven acompañados de zumbidos o
pitidos en el oído o en la cabeza, y de otras patologías que pueden
llegar a ser incapacitantes.