POR ÀLEX GUBERN
BARCELONA. Desde que hace un par de meses el Ayuntamiento de
Barcelona ordenase el cierre de La Paloma por incumplir la normativa sobre
ruido, el debate entorno a la contaminación acústica se ha reabierto, y por
extensión, la discusión sobre la manera cómo los barceloneses viven su ocio. En
este sentido, y a la vez que se abría una corriente de solidaridad con los
vecinos que han sufrido los ruidos de La Paloma durante estos últimos años -en
su faceta de sala discoteca, no tanto como sala de bailes tradicional-, otra
corriente de solidaridad no menos fuerte se dirigía hacia el histórico local.
Obviando que la sala de la calle Tigre está fuera de toda normativa, numerosos
artículos y cartas al director han lamentado el cierre de un local que, como se
dice ahora de manera no poco cursi, forma parte del «paisaje sentimental» de la
capital catalana.
La Paloma ha pasado a engrosar la amplia lista de locales que
ofrecen música en directo «caídos» en aplicación de las ordenanzas municipales,
junto a, por ejemplo, el mítico London de Nou de la Rambla, que languidece, casi
abocado al cierre, desde que allí se prohibió la música. En otros locales del
territorio catalán sucede otro tanto, como el Casino de Berga o la sala Zero de
Tarragona, esta última programando en directo desde los años setenta.
De resultas de la confrontación entre quienes reclaman derecho a
descansar y quienes reclaman divertirse, ha surgido una curiosa alianza, se
diría que contra natura, entre dos asociaciones que luchan en trincheras
aparentemente distintas en este campo de batalla que es el ruido en la ciudad.
Por un lado, la Asociación Catalana Contra la Contaminación Acústica (ACCA) y,
por otro, la Asociación de Salas de Conciertos de Cataluña (ASACC), que después
de poner en común puntos de vista que a priori parecen irreconciliables han
visto que tienen más intereses compartidos de lo esperado.
Unos y otros se muestran convencidos de que el fomento de los
locales que ofrecen música en directo, en detrimento de pubs y discotecas con
música enlatada, es la mejor manera de conciliar sus intereses: los que luchan
contra el ruido porque creen que su peor enemigo son los locales, por así decir,
de garrafón y «chunda chunda»; y quienes defienden a los músicos, porque piensan
que una sólida red de locales es la única manera de que se reconozca de una vez
por todas a la música en directo como actividad cultural. Más allá, y en este
caso por motivos sí claramente opuestos, a ambas asociaciones les une su
decepción con respecto a la administración municipal y autonómica: unos por su
pasividad ante las denuncias por ruido, otros por su falta de interés por el
fomento de las actividades artísticas.
Para Esther Melcón, de la ACCA, «la prioridad sigue siendo el
descanso de los vecinos, pero que quede claro que no vamos en contra de la
diversión de nadie. Sólo reclamamos que se respeten los niveles de ruido y se
fomenten aquellas actividades menos molestas, y en este sentido entendemos que
la música en directo, siempre en locales debidamente insonorizados, es mil veces
preferible al pub y la discoteca convencional». En la misma línea, Carmen
Zapata, de la ASACC, señala que «el problema de ruido más generalizado no lo
hacen las salas, sino la gente que sale a la calle al cierre de pubs y discos»,
una apreciación en la que Melcón coincide y que también suscriben los vecinos
que viven en zonas de ocio.
«Los abuelos del pasodoble»
El caso de La Paloma enfrentó a ambas asociaciones en un primer
momento, pero luego, y tras reunirse entre ellos, comprobaron que compartían una
misma visión del caso. Unos y otros coinciden en que la problemática con la
histórica sala surgió, primero por la mayor sensibilidad y menor tolerancia de
los vecinos hacia este problema, pero sobre todo a partir del momento en el que
el local empezó a programar sesiones de discoteca convencional las noches de los
fines de semana, una vez concluían las sesiones de tarde y primera hora de la
noche con orquesta tradicional. «El problema no lo causan tanto los abuelos que
bailan pasodobles, como el zumbido de las sesiones de disco y el trajín de gente
entrando y saliendo de la sala a altas horas de la noche», apunta Melcón. El
diagnóstico coincide en parte con el de Zapata: «La normativa atribuye a los
locales responsabilidad sobre el ruido que generen sus clientes en los
alrededores, y contra ese ruido o incivismo nosotros no tenemos armas para
combatir».