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Asuntos urbanos
Asuntos urbanos
 

Stop a todos los ruidos

Hay que controlar la molestia acústica de los bares pero también otras que sufren los ciudadanos  

ALBERT GIMENO - 12/06/2005


Los agentes de la Guardia Urbana de Barcelona afilan ya sus bolígrafos y le sacan lustre al bloc de denuncias preparándose para la cruzada que la ciudad vivirá contra el ruido de los locales nocturnos. El Ayuntamiento ha dado instrucciones de sacarse el cinturón y aquellos bares y discotecas que incumplan preceptos tan importantes para la convivencia como la falta de papeles para operar o las deficiencias que atormentan a los vecinos serán pagadas, incluso, con cierres ejemplares. Por tanto, a partir de cuando se ponga en marcha la medida -hacia finales de junio- no será extraño comprobar que la marcha en una pista de baile acabe prematuramente en la calle por la decisión administrativa de clausurar un local que incumple las normas. Prepárense pues los más juerguistas en elegir bien los locales de ocio que deseen disfrutar para evitarse la incomodidad de interrumpir su zigzagueo en la pista.

La medida ya ha desatado alabanzas y críticas por igual. Mientras los vecinos -cansados durante mucho tiempo de solicitar mayor control decibélico en la noche barcelonesa- han aplaudido la medida, los empresarios de bares y discotecas han fruncido el ceño. No desean una prohibición más en una ciudad cuyo caudal de ambiente nocturno no es uniforme durante toda la semana -como en Madrid- sino que toma cuerpo el fin de semana.

Controlar el ruido, amén de los horarios, el consumo de drogas y otras actitudes fuera de la ley, debe llevarse con rigor. Lo demanda la convivencia de la mayor parte de ciudadanos pero tampoco hay que olvidar las molestias que pueden sufrir otros colectivos. Apretar las tuercas a los empresarios de la noche que no cumplen con lo estipulado es de ley pero muchos ciudadanos sufren tanto como los vecinos de los bares cuando el servicio de recogida de basura activa los mecanismos de sus camiones y el sueño acaba truncado como por arte de magia. O cuando los voluntariosos repartidores de bombonas de butano las aporrean con un utensilio metálico para llamar la atención de vecinos que acaban sobresaltados ya que no todo el mundo se pone en marcha a primera hora. O, por qué no decirlo, los que tienen la fatalidad de que deba abrirse una zanja a unos metros de su casa y los madrugadores obreros de la construcción desatan la furia acústica de sus enseres a las ocho en punto de la mañana para 45 minutos después ir a desayunar. No queremos ruidos, pero de ningún tipo.



 
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