El Tribunal Supremo ha confirmado la
condena a cuatro años de prisión, impuesta por la Audiencia
Provincial de Barcelona, al responsable de un bar restaurante. Creo
que hacía unos ruidos insoportables incluso para sus clientes, que a
ciertas horas sólo tenían una aspiración conjunta: cambiarse a otro.
A nadie en sus cabales puede extrañarle el tardío empeño por
recuperar un trocito de silencio. La identificación del ruido con la
alegría es algo no sólo estúpido, sino el medio más propicio para
hacer prosélitos de la estupidez. En las sociedades modernas el
silencio está proscrito y ha tenido que refugiarse en las furtivas
andanzas de los gatos o en los claustros de los conventos. También
sigue acogiéndose a las citas de los amantes clandestinos, que,
según Lope de Vega, pisan «con planta de lana», por la cuenta que
les trae.
Una vez dicho todo esto y proclamada mi adhesión al
silencio, debo añadir que me parece algo excesivo condenar al
liberador de decibelios a cuatro años de cárcel. Impedir el sueño de
sus vecinos es para matarlo, pero no para meterle entre rejas
durante tanto tiempo. Sólo debemos alterar el silencio cuando
tenemos algo que decir que pueda mejorarlo, según el sabio consejo
árabe, pero me parece una respuesta desproporcionada meter en
chirona al culpable de ruidos nocturnos.
La noche se ha hecho
para todo, entre otras cosas para dormir, y hay que tener en cuenta
que muchos compatriotas se ven en la dolorosa obligación de
aprovecharla sólo para esto último. El estruendo les entra por un
oído y no les sale por el otro: se les queda dentro y acaban lo que
en el argot pugilístico se llama 'sonados'. Quizá sea un poco tarde
para rescatar el silencio, que es la verdadera lengua universal, el
esperanto que hablamos todos cuando callamos. Al menos por la noche
debiéramos conservar su sagrado dialecto.