Vilagarcía de Arousa | Sábado, 10 de Febrero de 2007
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OPINIÓN
CARNAVAL SIN RUIDO/POR FERMÍN BOCOS

España es un país ruidoso. Ameno para vivir, pero de irritante oír. Comprendo a los ciudadanos de Santa Cruz de Tenerife que han llevado a los tribunales el ruido del carnaval. Respetando la fiesta -la cultura despojada de tradición se degrada en esnobismo-, me merecen más respeto los ciudadanos que defienden sus derecho a la tranquilidad. La tendencia a convertir la alegría en algarabía viene de muy lejos. Es un alcance de lo primitivo sobre lo civilizado, un regreso.

Es verdad que solo una vez al año es carnaval, pero los vecinos del centro de la capital tinerfeña tienen derecho a vivir tranquilos incluso los días señalados para el disfraz, la chirigota y la murga. El juez que anuncia la suspensión cautelar establece horas.

Más allá de la una de la madrugada el ruido debe cesar. A los carnavaleros les parece imposible de cumplir, a los vecinos les parece bien y al alcalde que teme que el turismo pueda retraerse está que no duerme, pero un motivo diferente al de los ciudadanos que recurrieron a la justicia para garantizar su descanso.

Estoy seguro que habrá un termino medio, de que se conseguirá la equidad necesaria que permita la supervivencia de las dos necesidades. Que habrá desfile en el centro y después los incansables se irán con la música a otra parte. El carnaval es por definición poner el mundo al revés.

Una saturnal que celebra la muerte del invierno y apareja el placer y el exceso de lo prohibido en vísperas de volver al ayuno y la tristeza que impone la cuaresma.

España fue cuaresma todo el año durante muchos años y los carnavales estuvieron prohibidos. La democracia devolvió la fiesta a la calle, pero también trajo el respeto a los derechos de los ciudadanos que no soportan el ruido.

El juez lo tiene fácil, el problema -y más cuando hay asomando en el horizonte unas elecciones municipales-, va a ser para el alcalde Zerolo, porque un carnaval sin ruido sería como una semana sin domingo.


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