España es un país ruidoso. Ameno para vivir,
pero de irritante oír. Comprendo a los ciudadanos
de Santa Cruz de Tenerife que han llevado a los
tribunales el ruido del carnaval. Respetando la
fiesta -la cultura despojada de tradición se
degrada en esnobismo-, me merecen más respeto los
ciudadanos que defienden sus derecho a la
tranquilidad. La tendencia a convertir la alegría
en algarabía viene de muy lejos. Es un alcance de
lo primitivo sobre lo civilizado, un regreso.
Es verdad que solo una vez al año es carnaval,
pero los vecinos del centro de la capital
tinerfeña tienen derecho a vivir tranquilos
incluso los días señalados para el disfraz, la
chirigota y la murga. El juez que anuncia la
suspensión cautelar establece horas.
Más allá de la una de la madrugada el ruido
debe cesar. A los carnavaleros les parece
imposible de cumplir, a los vecinos les parece
bien y al alcalde que teme que el turismo pueda
retraerse está que no duerme, pero un motivo
diferente al de los ciudadanos que recurrieron a
la justicia para garantizar su descanso.
Estoy seguro que habrá un termino medio, de que
se conseguirá la equidad necesaria que permita la
supervivencia de las dos necesidades. Que habrá
desfile en el centro y después los incansables se
irán con la música a otra parte. El carnaval es
por definición poner el mundo al revés.
Una saturnal que celebra la muerte del invierno
y apareja el placer y el exceso de lo prohibido en
vísperas de volver al ayuno y la tristeza que
impone la cuaresma.
España fue cuaresma todo el año durante muchos
años y los carnavales estuvieron prohibidos. La
democracia devolvió la fiesta a la calle, pero
también trajo el respeto a los derechos de los
ciudadanos que no soportan el ruido.
El juez lo tiene fácil, el problema -y más
cuando hay asomando en el horizonte unas
elecciones municipales-, va a ser para el alcalde
Zerolo, porque un carnaval sin ruido sería como
una semana sin
domingo.